La expansión del nacionalismo

  • 14/02/2017
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NOTA: Este artículo es la versión revisada y corregida del publicado en 2.013 en la página www.milprofesionales.com.

Desde hace mucho tiempo, se está comentando que el independentismo ha calado tan hondo en las jóvenes generaciones de la sociedad catalana, gracias al traspaso de competencias del Estado Central, que puso la educación en manos de la Generalidad.

Pero, aunque el Gobierno no hubiera transferido tan importante competencia, los niños y adolescentes que hoy enarbolan la estelada y repiten a voz en cuello “Espanya ens roba” lo harían igualmente porque, cuando los nacionalistas tuvieron tamaña arma de adoctrinamiento masivo en la mano, los niños hacía años que llegaban a la escuela adoctrinados desde la cuna.

¿Por qué? Porque los niños y adolescentes de hoy, son hijos y nietos de las generaciones que nacieron durante el franquismo; generaciones que, en la escuela, recibían la misma formación de el resto de españoles. Eran años -y los viví en propia carne, ya que nací en medio de la década de los '60-, en que no había problema en cambiar de colegio a mitad de curso, porqué se estudiaba con los mismos textos en La Coruña que en Málaga. Años en que conocimos, fraccionada y sectaria en algún punto,

pero real en su generalidad, la historia, la geografía y la literatura de todo nuestro país, inclusive los autores «regionales»; aún no había muerto Franco y en el libro de literatura ya aparecía La vaca cega de Maragall en catalán, con la traducción al castellano al lado.

A la muerte de Franco, cuando volvimos a clase tras los días de fiesta por el Duelo Nacional, en las escuelas apareció una nueva asignatura: lengua catalana, de la que nos dieron los libros que, lógicamente, no teníamos. La mayoría de los alumnos nos quedamos «a cuadros» -y perdonen el vulgarismo- porque pocos imaginábamos que, aquello que hablábamos en casa con nuestras familias, fuera un idioma; imagínense ustedes el pasmo de los hijos de inmigrantes. La sorpresa fue a mayores cuando algunas condiscípulas, algunas hijas de inmigrantes, empezaron a leer y escribir en aquel idioma sin ningún problema.

Lógicamente, en el caso de las hijas de catalanes aquel dominio provenía de sus casas; pero, ¿y las hijas de inmigrantes? Lo que entonces no sabíamos, y no tardamos en descubrir cuando nos empezaron a hablar de los «derechos históricos» y de la «nación catalana» es que su aleccionamiento iba más allá de la escritura y la lectura. ¿Por qué? ¿De dónde salía aquella pedagogía tan diferente a la oficial?: de sus actividades de ocio.

Porque, en sus horas de asueto, eran convenientemente adoctrinados en el ideario nacionalista gracias al asociacionismo (en sus diversas formas) que era muy potente gracias al material que les proporcionaban los intelectuales y al refuerzo de los políticos aún en la clandestinidad; y muy bien alimentado por las fuerzas económicas que les daban sustento a todos. Veamos cómo se organizaban.

El ocio de estas generaciones se dirimía entre: los grupos escoltas,-trasunto de los scouts americanos-, «aplecs» sardanistas, «collas» castelleras, grupos corales u orfeones y, sobre todo, los sacrosantos y todo poderosos centros excursionistas. Estas instituciones, controladas por los activistas nacionalistas, bajo la capa protectora de un inocente ensayo o un paseo por la montaña, formaron la mentalidad de los que hoy son abuelos; éstos, a su vez, no sólo enseñaban catalán a sus hijos a escondidas, sino que los llevaban a las secciones infantiles y juveniles de sus organizaciones para que los formaran en «la verdad». Cuando éstos fueron padres…, hicieron lo propio.

La Iglesia Católica también tiene su papel, nada baladí, en este sainete. Los llamados «curas progres» escondieron muchas reuniones nacionalistas en sus parroquias bajo la apariencia de consejos parroquiales o cine-clubs para jóvenes; una de las parroquias más destacadas en estas lides, fue la de los Padres Capuchinos del barrio de Sarriá (Barcelona). Pero el más importante, lo jugaron las altas esferas eclesiásticas, encabezadas por el sacrosanto Monasterio de Montserrat. Así, la protección de los obispos y abades, permitió a los curas aleccionar a la feligresía desde los púlpitos, al tiempo que lograron tener su propia Conferencia Episcopal, paralela a la Española.

Y Montserrat, núcleo vertebrador de la religiosidad catalana y centro de acogida de peregrinaciones y encuentros de todo tipo, ya fueran «aplecs» sardanistas, exhibiciones castelleras o reuniones de políticos aún en la clandestinidad, también poseía una editorial de la que salían libros de diversa temática, sobre todo historia catalana (la suya, por supuesto) y la revista Serra d’Or (Sierra de Oro).

El movimiento asociacionista ha mantenido su fuerza y vigor hasta nuestros días y, si durante el franquismo y la transición, fue el yunque en el que se forjó el sentimiento nacionalista de los jóvenes y adultos catalanes, desde el advenimiento de la democracia a continuado con su labor con las nuevas generaciones especialmente, con los hijos de los inmigrantes extranjeros, puesto que sus padres les han apuntado a las actividades creyendo, como los inmigrantes patrios de los años '60 del siglo XX, que con ello facilitaban la integración de los niños en su sociedad de acogida. Así, de las filas de los minyos escoltes han nacido defensores a ultranza del independentismo con orígenes subsaharianos o magrebíes.

Está claro que pedir la devolución de la educación al Estado central es una necesidad perentoria, tanto para poner la historia, la literatura y la realidad vital en su lugar, como para que los indecisos sepan que los nacionalistas se apoyan en una mentira.

Pero esta devolución, ¿resolvería el problema? A nuestro juicio, sería más bien todo lo contrario: lo agravaría. Y sería, además, una fuente de conflictividad tanto en las aulas como en la sociedad.

En las aulas porque, si se consiguiera la centralización de la educación, nos encontraríamos con, como mínimo, dos promociones de estudiantes manipulados desde el parvulario, esto es, los que están a media Primaria y los que están ya en Secundaria. Niños y adolescentes que no sólo arrastran las consecuencias de la formación recibida hasta el momento, sino también las de la educación que reciben en su casa, sabedores que sus padres les van a defender a capa y espada. ¿Resultado? La conflictividad en las aulas aumentaría en unas proporciones inimaginables ya que los niños y jóvenes se rebelarían ante las lecciones de maestros, profesores y textos escolares. Es decir, el conflicto sería de tamañas dimensiones que llevaría a una hecatombe de dantescas proporciones.

En la sociedad porque nos encontraríamos que los nacionalistas redoblarían la labor que han llevado a cabo desde la finalización de la Guerra Civil: las asociaciones ya citadas, verían como el apoyo y la financiación de entidades públicas (léase Generalidad) y privadas (desde fundaciones vinculadas a partidos políticos hasta empresarios seguidores de la causa) aumentaría de forma exponencial. El enfrentamiento social entre nacionalistas y unionistas, sería de proporciones aún no conocidas.

La solución, por tanto, no es fácil. Un análisis de los últimos años demuestra que la opción federalista, no sería una buena alternativa; y que, con el caso que hacen a la legislación vigente, lo más seguro es la aplicación de los artículos constitucionales que velan por la integridad de España, no serán aceptados ni menos aún, acatados.

 

Lo que sí está claro es que se les ha dado mucha, mucha cuerda; demasiada. A ver quién la recoge sin provocar un 18 de julio.

 

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